El rey Harald V de Noruega ha fallecido este viernes en el Hospital Nacional de Oslo, según ha informado la Casa Real. Tenía 89 años y llevaba ingresado desde el pasado 17 de agosto. El monarca había acumulado líquido durante el tratamiento con cortisona de una anemia hemolítica y posteriormente desarrolló una infección bacteriana en la sangre. Su estado empeoró durante los últimos días y este jueves había sido declarado como “muy grave”.
Su muerte ha cerrado un reinado de más de 35 años y ha convertido automáticamente en nuevo monarca a su hijo, el hasta ahora príncipe heredero Haakon. En la monarquía noruega, el sucesor accede al trono en el mismo instante en que muere el soberano, aunque el juramento ante el Parlamento y los actos institucionales tengan lugar posteriormente.
Harald V era el jefe del Estado desde el 17 de enero de 1991 y el monarca vivo de mayor edad de Europa. Pero su legado no se explica solo por la longevidad.
Durante más de tres décadas aportó estabilidad a una institución hereditaria en uno de los países más igualitarios y democráticos del mundo. Además, convirtió una función fundamentalmente ceremonial en una referencia moral durante las grandes crisis nacionales, especialmente después de los atentados del 22 de julio de 2011.
El terrorista de extrema derecha Anders Behring Breivik asesinó entonces a 77 personas con una bomba en el centro de Oslo y un ataque armado contra el campamento juvenil del Partido Laborista en la isla de Utøya.
La tragedia marcó uno de los momentos más relevantes de su reinado. Harald visitó a los supervivientes y a sus familias, lloró públicamente durante el oficio celebrado en la catedral de Oslo y, un mes después, pronunció uno de los discursos que, hasta hoy, siguen marcando su trayectoria como rey .
En Noruega, las funciones del monarca son fundamentalmente representativas y ceremoniales – preside el Consejo de Estado, abre formalmente el Storting y representa al país en el exterior – pero no gobierna (sí lo hacen el Ejecutivo y el Parlamento). Su autoridad se juega en otro terreno: el de los símbolos, la cercanía y la capacidad de encontrar palabras en las que los noruegos puedan reconocerse cuando sufren, celebran o debaten sobre su propia identidad.
La Noruega que quiso representar
La frase “La Libertad es más fuerte que el miedo”, pronunciada por el rey en los actos solemnes tras los atentados de Oslo y Utoya, será para siempre asociada a su memoria. También, lo que dijo en septiembre de 2016, durante una recepción en los jardines del Palacio Real cuando habló de los noruegos nacidos en Afganistán, Pakistán, Polonia, Somalia o Siria; de quienes creían en Dios, en Alá, en el universo o en nada; y de las niñas que amaban a niñas y los niños que amaban a niños. “Noruega sois vosotros. Noruega somos nosotros”, concluyó. El mensaje, difundido internacionalmente, convirtió a un monarca de casi 80 años en una inesperada voz a favor de la diversidad sexual, religiosa y cultural.
Harald había nacido en una Noruega pequeña, mucho más homogénea y profundamente marcada por la guerra. Reinó sobre otra convertida en una potencia energética, más secular, rica y diversa. Su gran reto consistió en conseguir que una institución basada en la herencia pudiera seguir representando a una sociedad construida sobre la igualdad.
Esa defensa de la inclusión no lo transformó en un monarca activista. Fue cuidadoso para no pronunciarse sobre leyes concretas ni disputar el terreno a los representantes elegidos. Su influencia procedía precisamente de ese equilibrio: permanecía por encima de la política cotidiana, pero no era neutral ante el racismo, la intolerancia o la exclusión.
La modernización también llegó al funcionamiento de la Casa Real. Durante su reinado se creó una página web oficial, comenzaron a publicarse cuentas anuales y aumentó la transparencia. El proceso no estuvo exento de críticas. A finales de la década de 1990, el elevado coste de la restauración del Palacio Real y la aceptación de un yate financiado por empresarios desataron una controversia pública.
La popularidad del rey resistió y, con el tiempo, la institución respondió ofreciendo más información sobre sus gastos.
De una infancia marcada por los nazis al trono
Harald nació el 21 de febrero de 1937 en Skaugum, la residencia de los príncipes herederos en Asker. Era el tercer hijo y el único varón del entonces príncipe Olav y de la princesa Märtha de Suecia – el primer príncipe nacido en Noruega en 567 años – lo que automáticamente le convirtió en heredero al trono en un país cuya Constitución daba entonces prioridad absoluta a los hombres. Una reforma constitucional de 1971 abrió la sucesión a las mujeres, aunque mantuvo la preferencia de los hombres. Otra aprobada en 1990 estableció para las nuevas generaciones la primogenitura con independencia del sexo.
De acuerdo con el texto constitucional original, su nacimiento garantizó la continuidad de la joven dinastía instaurada en 1905, cuando Noruega se separó de Suecia y eligió como rey a su abuelo, el príncipe danés que adoptó el nombre de Haakon VII.
La Segunda Guerra Mundial irrumpió en su vida cuando apenas tenía tres años. Tras la invasión alemana del 9 de abril de 1940, Harald huyó con su madre y sus hermanas a Suecia, mientras su padre, su abuelo y el Gobierno continuaban la resistencia y acababan instalándose en Londres. Su madre, la entonces princesa Märtha se terminó trasladando junto a sus hijos a Estados Unidos por invitación del presidente Franklin D. Roosevelt. Harald regresó a Oslo el 7 de junio de 1945 junto a su madre, sus hermanas y su abuelo.
El exilio lo vinculó desde la infancia con el relato de resistencia nacional sobre el que se asentó la legitimidad de la monarquía noruega contemporánea. Su abuelo se había convertido en símbolo de la negativa a someterse a la ocupación nazi; su padre sería recordado después como el “rey del pueblo”. Harald heredó esa historia y la obligación de mantenerla viva en una sociedad cada vez más alejada de la guerra.
En 1957, tras la muerte de Haakon VII y el ascenso al trono de su padre Olav V, se convirtió en príncipe heredero. Durante nueve años mantuvo en secreto su relación con Sonja Haraldsen, hija de un comerciante de Oslo y sin ascendencia aristocrática. La posibilidad de que el futuro rey se casara con una plebeya – historia repetida por su hijo Haakon con Mette-Marit – provocó un intenso debate. Harald acabó advirtiendo que, si no podía casarse con ella, permanecería soltero. Olav V terminó dando su consentimiento y la pareja contrajo matrimonio el 29 de agosto de 1968. Aquel enlace, considerado inicialmente una amenaza para la monarquía, acabó simbolizando su apertura a la sociedad.
Harald se convirtió en rey el 17 de enero de 1991, tras la muerte de su padre. Cuatro días después juró respetar la Constitución ante el Parlamento y el 23 de junio recibió, junto a la reina Sonia, la bendición solemne en la catedral de Nidaros. Adoptó el mismo lema que su padre y su abuelo: “Alt for Norge”, “Todo por Noruega”.
Una Corona sometida a presión
Pero la apertura que permitió a la monarquía acercarse a la sociedad también la expuso con mayor intensidad al escrutinio público. Durante los últimos años de Harald, los problemas familiares se convirtieron en el principal desafío para la institución.
Su hija, Marta Luisa, renunció en 2022 a sus funciones oficiales para separar la Corona de sus actividades empresariales relacionadas con la espiritualidad y la medicina alternativa. Conservó el título de princesa por decisión de su padre, pero se comprometió a no utilizarlo con fines comerciales. Su relación y posterior matrimonio con el estadounidense Durek Verrett provocaron nuevas controversias.
La familia del entonces heredero atravesó una crisis todavía más grave. Las revelaciones sobre los contactos de Mette-Marit, mantenidos después de la primera condena del delincuente sexual Jeffrey Epstein, dañaron la confianza en la esposa del nuevo monarca.
A ello se sumó el proceso contra Marius Borg Høiby, hijo de Mette-Marit de una relación anterior, condenado en primera instancia en junio de 2026 a cuatro años de prisión por dos violaciones, malos tratos y otros delitos. La sentencia fue recurrida. Høiby no pertenecía a la Casa Real, pero había crecido en la residencia de los príncipes herederos y el caso golpeó inevitablemente a la institución.
Harald optó generalmente por proteger los vínculos familiares mientras intentaba establecer límites entre la vida privada, las actividades comerciales y las obligaciones de la Corona. Esa estrategia permitió evitar rupturas públicas, pero no impidió que se deteriorara la confianza en la familia real.
Un sondeo de Norstat para NRK publicado en mayo de 2026 situó el respaldo a la monarquía en el 64%, mientras que el 29% prefería cambiar de sistema tras la muerte de Harald. Entre los menores de 30 años, solo la mitad apoyaba su continuidad. Pese a ello, el Parlamento había votado tres meses antes de forma abrumadora por mantenerla: 141 de sus 169 miembros rechazaron la propuesta de instaurar una república.
Los datos reflejaban la paradoja final de su reinado: Harald conservaba una popularidad personal más sólida que la institución que representaba. La gran incógnita queda así en manos de Haakon: si el afecto y la confianza acumulados por su padre podrían trasladarse a la Corona y a una nueva generación de la familia real.
En paralelo a esa crisis institucional, los problemas de salud fueron reduciendo progresivamente la presencia pública del rey. Harald fue operado de un cáncer de vejiga en 2003. En 2005 se le implantó una válvula aórtica artificial, que tuvo que ser sustituida en 2020, y sufrió además varias infecciones que obligaron al príncipe Haakon a ejercer temporalmente como regente.
En 2024 enfermó durante unas vacaciones en Malasia y recibió un marcapasos provisional antes de ser trasladado a Noruega, donde se le implantó uno permanente. Tras aquella hospitalización, la Casa Real redujo de forma definitiva el número y la duración de sus actividades oficiales.
Harald, sin embargo, descartó abdicar. Cuando la reina Margarita II de Dinamarca cedió el trono a su hijo, el monarca noruego recordó que había prestado juramento ante el Parlamento y que ese compromiso duraba toda la vida.
Cumplió aquella promesa. Harald V murió reinando, como su padre y su abuelo, después de haber transformado una Corona construida sobre la tradición en una institución capaz de representar a una sociedad muy distinta de la que lo vio nacer.




